A pocos minutos del centro de Chilecito, entre la Sierra de Famatina y los cerros del Paimán, sobrevive uno de los sitios arqueológicos incas más importantes del noroeste argentino: la Tambería del Inca. El yacimiento ocupa unas 16 hectáreas, conserva arquitectura típicamente incaica y es considerado oficialmente la instalación precolombina más relevante del Tawantinsuyu en la provincia de La Rioja.
Durante la visita, una de las guías explicó que el sitio tiene alrededor de 500 años de antigüedad y que su verdadera función todavía continúa siendo estudiada. Las investigaciones han propuesto distintas interpretaciones: centro administrativo, enclave político, espacio ceremonial e incluso una posible capital provincial inca. Esa última hipótesis tiene respaldo en la monumentalidad de sus construcciones, sus plazas, depósitos, grandes recintos y, especialmente, su ushnu, una plataforma ceremonial asociada al poder político y religioso del Imperio.

Por eso, aunque durante el recorrido se la presentó como una de las últimas grandes ciudades incas descubiertas hacia el sur, la documentación arqueológica consultada no permite afirmar de manera rigurosa que sea “la última gran ciudad inca descubierta”. Lo que sí puede asegurarse es algo igualmente relevante: Tambería del Inca fue uno de los grandes centros imperiales más australes e importantes de esta región del Tawantinsuyu y pudo haber funcionado como una capital desde donde se administraba un amplio territorio.
Dentro del recinto se identificaron 36 estructuras, entre ellas antiguas construcciones rectangulares utilizadas como tambos, depósitos, espacios públicos y áreas ceremoniales. En quechua, los tambos funcionaban como lugares de almacenamiento y descanso integrados a la extensa red vial inca, permitiendo movilizar personas, productos y recursos a través de enormes distancias.

Pero uno de los descubrimientos que cambió la interpretación del sitio ocurrió en tiempos recientes. Las investigaciones dirigidas por el arqueólogo Sergio Martín, del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, identificaron un tramo del Qhapaq Ñan o Camino del Inca que ingresa directamente a la Tambería. Su calzada alcanza aproximadamente 12 metros de ancho —y en algunos sectores hasta 14—, convirtiéndose en el camino inca más ancho documentado al sur del Kollasuyu.
Ese camino conecta el asentamiento con el norte y con la Sierra de Famatina, donde los incas establecieron también santuarios de altura. Para esta cultura, las montañas eran espacios sagrados o wak’as, vinculados con divinidades como el Inti, el Sol, y la Luna. La importancia minera de Famatina, rica en oro y plata, también habría sido un factor decisivo para el dominio inca de este territorio.

El muro que rodeaba la ciudadela es otro ejemplo de su escala. Originalmente habría alcanzado alrededor de 1,70 metros de altura, delimitando un conjunto cuidadosamente planificado. Parte de la estructura fue deteriorándose durante siglos por causas naturales y también por el retiro de piedras para construcciones posteriores, hasta que comenzaron trabajos modernos de protección y reconstitución arqueológica.
La historia escrita del sitio también es antigua. La actual documentación nacional señala que las llamadas “Casas del Inga” ya aparecían mencionadas en una escritura de 1712, mientras que desde finales del siglo XIX y comienzos del XX comenzaron los estudios arqueológicos sistemáticos. Héctor Greslebin realizó importantes excavaciones y levantamientos planimétricos en 1928 y 1938.

El sitio fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1970 y en febrero de 2024 abrió el nuevo Centro de Interpretación Tambería del Inca, construido para explicar el yacimiento, su cosmovisión y su relación con el Qhapaq Ñan. Actualmente pueden realizarse recorridos guiados que combinan el centro con la visita al espacio arqueológico.
La Tambería recibió además a periodistas internacionales participantes del FAM Press más largo en la historia de la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT), quienes recorrieron el sitio acompañados por guías locales y conocieron de primera mano uno de los capítulos menos difundidos del pasado inca en Argentina.
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