Pueblo Perdido de la Quebrada: el legado de la cultura La Aguada que revela la vida de los antiguos habitantes de Catamarca

Entre montañas, cardones y senderos naturales se encuentra uno de los sitios arqueológicos más importantes de San Fernando del Valle de Catamarca: Pueblo Perdido de la Quebrada, un antiguo asentamiento que conserva la memoria de la cultura La Aguada, una sociedad que habitó este territorio hace aproximadamente 1.800 años, entre los años 200 y 450 después de Cristo.

Este sitio permite conocer cómo vivían estas comunidades prehispánicas, cómo organizaban sus viviendas, sus actividades productivas y su relación con la naturaleza. Sus estructuras fueron construidas principalmente con piedra y barro, aprovechando los materiales disponibles en el entorno de la quebrada.

Las investigaciones arqueológicas identificaron distintos sectores dentro del poblado, entre ellos espacios habitacionales, depósitos, corrales y áreas comunitarias. Los recintos cerrados habrían sido utilizados como viviendas familiares, donde convivían grupos pequeños de aproximadamente tres o cuatro personas alrededor de patios centrales destinados a actividades cotidianas.

Uno de los sectores más destacados es el área ceremonial, ubicada en la parte más alta del sitio y orientada de norte a sur. Allí aparece uno de los símbolos más representativos de la cultura La Aguada: el felino sagrado, conocido también como jaguar o yaguareté, una figura que fue representada en cerámicas, piedras, huesos, metales, madera y pinturas rupestres. Para estos pueblos, este animal tenía un profundo significado espiritual y era considerado un ser superior.

La vida cotidiana de estas comunidades estuvo marcada por la agricultura, la producción artesanal y el intercambio cultural. Los estudios arqueológicos encontraron evidencias del trabajo del hilado y tejido, la elaboración de herramientas, la producción de cerámica y el procesamiento de alimentos como el patay, una preparación realizada con harina de algarrobo.

El maíz tuvo un papel fundamental dentro de su economía y organización social. Los antiguos habitantes desarrollaron sistemas agrícolas con terrazas y espacios de cultivo adaptados al relieve de los cerros del Ambato, ubicados entre los 1.000 y 1.500 metros de altura. También construyeron estructuras de almacenamiento para conservar sus cosechas.

Entre las estructuras más llamativas se encuentran los depósitos, habitaciones cerradas diseñadas para conservar alimentos. Contaban con sistemas que favorecían la circulación del aire y permitían mantener productos como frutos de temporada y harinas almacenadas en grandes recipientes de piedra y cerámica.

El sitio también conserva corrales, espacios de grandes dimensiones que pudieron estar destinados al manejo de llamas, el único animal doméstico de la región en aquella época. Estos animales eran utilizados para obtener carne, transportar cargas y aprovechar su lana para la elaboración de textiles.

La presencia del cardón moro, una especie característica del paisaje catamarqueño, también forma parte de la identidad natural del lugar. Este cactus columnar de gran tamaño, con brazos similares a un candelabro gigante, fue aprovechado tradicionalmente para la elaboración de artesanías como los palos de lluvia.

El nombre de cultura La Aguada proviene de investigaciones arqueológicas realizadas en Catamarca. El primer investigador que estudió estos pueblos fue Samuel Lafone Quevedo a finales del siglo XIX, mientras que posteriormente el arqueólogo Alberto Rex González consolidó la denominación La Aguada a partir de hallazgos cerámicos encontrados en la localidad de La Aguada, en el departamento Belén.

Aunque hoy se pueden observar parte de sus estructuras, muchas áreas del Pueblo Perdido permanecen aún sin excavar. Los trabajos arqueológicos continúan bajo la dirección del investigador Hugo Puentes, junto a estudiantes de la Escuela de Arqueología de la Universidad Nacional de Catamarca, con el objetivo de seguir descubriendo información sobre estas antiguas comunidades.

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