La historia de Bodega Michango no puede entenderse sin hablar de Oscar Andreatta. Ingeniero mecánico, productor vitivinícola y representante de la quinta generación de una familia dedicada al vino, fue quien decidió recuperar una bodega que había permanecido aproximadamente 15 años cerrada y devolverla a la actividad en 2003. Lo hizo convencido de que Catamarca podía producir vinos de calidad y de que la tradición familiar todavía tenía futuro. Un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo documenta ese proceso de recuperación y destaca su papel en la modernización de la bodega.
La historia familiar había comenzado mucho antes. En 1896, su tatarabuelo, Augusto Cesare Andreatta, llegó desde Italia a Argentina y posteriormente se instaló en Catamarca. Hacia 1920 inició su actividad vitivinícola en Siján, Valle de Pomán, al pie del cerro El Manchao, que alcanza los 4.561 metros de altura. Allí se encuentran todavía los viñedos que dan origen a buena parte de los vinos de Michango.

Durante el recorrido por la bodega, Andreatta explicó que algunas de esas fincas han permanecido vinculadas a su familia durante generaciones y que parte de los viñedos tienen alrededor de un siglo de historia. En la actualidad, las fichas técnicas de la propia bodega registran parcelas de 80 años para vinos elaborados con Torrontés y Moscatel de Alejandría, cultivados aproximadamente a 1.000 metros sobre el nivel del mar.
El territorio también ha obligado a la familia a convivir con condiciones naturales difíciles. Siján fue una de las localidades gravemente afectadas por el aluvión del 23 de enero de 2014, que provocó daños en explotaciones agrícolas, viviendas e infraestructura. El Gobierno de Catamarca declaró entonces la zona en situación de desastre y posteriormente el Gobierno nacional reconoció el desastre agropecuario en las explotaciones de la localidad. Andreatta recuerda que una de sus fincas quedó cubierta por una importante cantidad de sedimentos durante aquel episodio.

Cuando Oscar decidió retomar la actividad, no recibió una bodega moderna lista para producir. Junto con su padre reparó instalaciones, recuperó equipos y aprovechó su formación como ingeniero mecánico para adaptar maquinaria y automatizar procesos. Esa etapa es una de las claves para entender la Michango actual: una empresa familiar pequeña, pero con una fuerte cultura de experimentación e innovación.
Hoy la bodega produce vinos varietales, blends, vinos dulces, espumantes y destilados. Una de sus apuestas más importantes ha sido trabajar con variedades históricas de Siján, especialmente Torrontés y Moscatel de Alejandría, además de Malbec, Bonarda y Syrah. Su portafolio muestra una producción de escala relativamente reducida: por ejemplo, algunas etiquetas declaran entre 2.000 y 3.000 botellas anuales.

Uno de los hitos de esta nueva etapa fue el desarrollo de espumantes mediante método tradicional, conocido internacionalmente como méthode traditionnelle. Andreatta explica que la intención no fue solamente crear un producto de mayor valor agregado, sino demostrar a pequeños productores de la zona que era posible transformar la materia prima local en productos con mayor desarrollo tecnológico y comercial.
Pero quizás una de las facetas menos conocidas de Michango está en su trabajo con la producción orgánica y la sostenibilidad. Andreatta contó que los residuos de la elaboración del vino son reutilizados en distintos procesos. Las borras orgánicas se destinan, entre otros usos, a experiencias de teñido de cueros y fibras naturales realizadas junto a emprendimientos locales, mientras que los orujos se incorporan a procesos de compostaje.

Dentro de ese esquema también utilizan Trichoderma, un género de hongos ampliamente empleado en agricultura como herramienta de control biológico. En la finca, según explicó Andreatta, forma parte de una estrategia para reducir el uso de productos químicos y fortalecer el manejo orgánico de los viñedos. La innovación y las prácticas orgánicas aparecen precisamente entre los aspectos destacados por el estudio del BID sobre la trayectoria de Michango.
La bodega mantiene además vínculos con el ámbito académico. Andreatta explicó que han trabajado con la universidad para acompañar a pequeños productores en procesos de producción orgánica, certificación y agregación de valor. El objetivo, según relata, es transferir conocimiento y mostrar que un productor no necesariamente tiene que limitarse a vender uva, sino que puede avanzar hacia vinos, espumantes y otros productos con mayor valor agregado.

Esa filosofía encuentra uno de sus mejores ejemplos en el Andreatta Blanco Dulce Natural, elaborado con 50 % Torrontés y 50 % Moscatel de Alejandría. El vino fue reconocido internacionalmente por Tim Atkin y posteriormente recibió un reconocimiento de la Cámara de Diputados de Catamarca, que destacó especialmente el trabajo de Oscar Andreatta como quinta generación de viticultores y responsable de la reactivación de la bodega.
Hoy Michango también forma parte de la oferta oficial de enoturismo de Catamarca. Su planta, ubicada en Avenida Presidente Castillo 4181, en San Fernando del Valle de Catamarca, recibe visitantes para recorridos, explicaciones sobre los procesos productivos y degustaciones.
La historia de Bodega Michango termina siendo mucho más que la de una empresa que volvió a abrir. Es la historia de una familia que atravesó cinco generaciones, sobrevivió a crisis económicas, aluviones y años de inactividad, y que encontró en Oscar Andreatta a la persona que decidió darle continuidad.
#Catamarca #BodegaMichango #OscarAndreatta #VinosDeCatamarca #VinoArgentino #Sostenibilidad #TheTravelerDigital





